Sobre plásticos, bolsas asesinas y otros peligros..

A los humanos nos parece incomprensible que un animal tan grande como un caballo se asuste de algo tan pequeño e inofensivo como una bolsa de plástico o incluso de una mariposa. Nos provoca hasta gracia. Hace poco vi por internet la foto de un caballo pegando un salto tremendo ante una pequeña bolsa de plástico en el suelo. Mientras leía los comentarios jocosos que la acompañaban, pensaba: ¿y si en vez de una bolsa de plástico hubiese sido una serpiente, o un escorpión? ¿a qué altura habría saltado el dueño del caballo? Y ya que estamos… ¿y si fuera una pequeña e insignificante CUCARACHA? ¿hasta dónde se oirían los gritos?

“El miedo es la prudencia disfrazada”

Es una frase que leí a Alexandra Kurland, que me hizo entender mucho mejor el por qué del miedo, tanto en humanos como en animales. Tenemos miedo a lo que nos puede dañar. Es como un diálogo cuerpo-mente. El cuerpo envía el mensaje a la mente de: “¡eh, cuidado, que puedo salir perjudicado!” y la mente juzga si es así o si es fundado. Y para ello tiene que convencerse de que no es peligroso (y luego convencer al cuerpo). Incluso a nosotros, seres racionales, nos cuesta ésto. ¿Quien no ha intentado hacer, tocar o comer algo que sabemos que no es peligroso o es bueno, y aún así nos cuesta?

Probablemente haya una forma más científica de explicar este proceso, pero para mi lo importante es que entendamos qué siente un caballo cuando tiene miedo de algo, para que podamos entenderle, respetarle y ayudarle a superarlo. Si lo trasladamos a un contexto humano, lo entenderemos mejor, y veremos las diferencias entre las formas de tratarlo.

Imaginemos que una persona tiene miedo a las arañas. Científicamente hablando, hay diferentes formas de solucionarlo: inundación, desensibilización, habituación, etc, pero vamos a verlo desde un punto de vista práctico para entenderlo. Pongámonos en la piel del que tiene miedo y veremos que aunque todas funcionan, no son iguales.

  • Inundación: exponerte de una forma intensiva a ellas, de forma que (si no te da un infarto antes), el cuerpo por saturación cuando llega a un límite insostenible, se relaja. El problema para mi con este método, es que es el más rápido, pero tú no haces nada. No has hecho ningún esfuerzo, no has superado ningún miedo, y puede que cures esta fobia, pero salga otra.
  • Poner unas cuantas arañas en tu habitación para que te habitúes a ellas. Es cierto, te habitúas, pero ¿qué sentimientos tienes hacia ellas? Siguen siendo desagradables, e incluso estar en tu habitación, tu refugio, puede convertirse en desagradable. (Ni te cuento si hablamos de cucarachas…).
  • Acercarte una araña poco a poco (una inofensiva tarantulita a la que le han extirpado el veneno). Te vas haciendo a la idea despacio, pero aún así no es agradable, puesto que no controlas el proceso y te sientes en cierta medida vulnerable.
  • Poner una caja con una o más arañas dentro y tocarlas. Mejor, las arañas están controladas y eres tú quien se acerca. Y cuando se termina la sesión de entrenamiento, se las llevan de tu habitación. De nuevo, hay dos maneras de hacerlo:
  1. Que alguien coja tu mano e intente meterla en la caja. ¡Horror! Lo primero que haces, instintivamente, es resistirte. Cuanto más firmemente te sujeten la muñeca, más te resistirás. Probablemente digas: “¡déjame, que ya lo hago yo!”. (El problema es que el caballo no sabe hablar, pero pensará lo mismo).
  2. Que metas tú la mano en la caja. A tu ritmo, tú solito. Quizás necesites un ratito, o quizás varios días. Quizás cojas aire y lo hagas a la primera, y quizás necesites observar detenidamente durante horas a las arañas para atreverte a acercar la mano. Quizás no te cueste mucho llegar al borde de la caja, incluso meter la mano, pero los últimos centímetros hasta tocarlas.. ¡esos son un mundo!

Para mi es la manera más positiva de hacerlo, ya que como tú controlas, estás más relajado, y además haces el esfuerzo de hacerlo, de vencer tu miedo, y eso te hace más fuerte para otras experiencias. Esta es la opción que tomamos cuando entrenamos con el “clicker”. Desde luego que para hacer este esfuerzo, tienes que tener un motivo, hay quien no lo haría “ni por todo el oro del mundo”. Bien, obviemos el motivo de superar tus miedos, y pongamos un precio a las cosas. ¿Por 10 Euros lo harías? Quizás no. Pero.. ¿por 500 Euros? Ah, ya empezamos a hablar..

El mejor regalo que le puedes hacer a tu caballo es tiempo, tiempo, tiempo.

Esta sería la manera en la que lo entrenaríamos con el clicker. Con el caballo no pactas un precio (“si haces esto, te doy esto”), sino que el premio viene después de hacer algo. Es un motivador para repetir. Volvamos a nuestro ejemplo, la secuencia de entrenamiento podría ser algo parecido a la siguiente:

Entro en tu habitación y pongo la caja con la araña en medio. Te da cierto miedo, asquillo o repelús, pero la miras, a distancia. Ya sé que tocar la araña te da miedo, pero ¿puedes acercarte un paso a la caja? Sí, eso es fácil. Muy bien, toma, 1 Euro. Ah, pues qué bien. ¿Te puedes acercar un paso más? Si, eso puedo. Muy bien, otro Euro. Ah, qué fácil, esto puedo hacerlo, me acerco un paso más. Muy bien, toma otro Euro. Genial, otro paso. Otro Euro.

Pero ahora hemos llegado a la caja.. ¿Puedes tocar la caja? Uf, me cuesta, vale, un pelín con la punta del dedo. ¡Fenomenal, toma, 5 Euros! Ah, ¡qué bien! ¿Puedes tocarla otra vez? Creo que si, venga, ya está, la toco. Muy bien, otros 5 Euros. Vale, la toco otra vez.. ¿eh, dónde están mis 5 Euros? Ahora ya no vale sólo tocarla, ahora para ganarte los 5 Euros tienes que meter la mano un poquito dentro de la caja. ¡Ay, no sé si puedo! Con todo el esfuezo del que soy capaz, abro la mano y la pongo por encima de la caja, a la altura del borde. ¡Fenomenal, 50 Euros! ¡Ostras, qué bien! Y ahora descansamos un poco, me llevo la caja y nos tomamos una cervecita…

Después de un descansillo, vuelvo con la caja, y directamente vas a tocarla. ¡Bien, 10 Euros! ¿Eh, pero si la última vez fueron 50 Euros? Si, pero ahora hay que meter la mano más adentro. Uf, esto se vuelve a poner difícil. Un poco cabreado, ahora que me estaba empezando a resultar más fácil, pero en fin, lo vuelvo a intentar. (Vale, gracias, no te lo pondré demasiado difícil, pues). De nuevo, abro la mano y la meto a la altura del borde (esto ya lo he hecho antes y no me cuesta tanto). Muy bien, premio 10 Euros. ¿Puedes bajar la mano un poco más? Si la araña se está quieta.. bueno, un momentito, un poquito más. Bien, otros 10 Euros. ¿Un poco más? Uf, respiro, me lo pienso una vez, dos veces, vale, un poco más y la saco corriendo. Bien, otros 10 Euros. ¿Un poco más? Vale, la meto y bajo más, casi toco la araña, que sigue ahí tan tranquila. ¡Fenomenal, 50 Euros más! Miro la araña, no es tan fea la pobre. Meto la mano y la acerco, aunque no la toco, pero puedo dejarla ahí casi hasta rozarla. Me encantaría poder hacerle cosquillas, pero no me atrevo. Por ahí oigo a alguien que me dice: ¡bravo, toma 100 Euros! Ah, bien, agradecido. Y vuelvo a mirar a la araña. Ahora hacemos otro descansito y se la lleva, pero ya no es tan enemigo. Quizás en un rato pueda tocarla, e incluso igual le pongo nombre

2 comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *