Salir al campo: sin reloj y sin fusta.

Cuando salimos de excursión, no necesitamos hacer un plan de entrenamiento, la vida misma se encarga de traernos múltiples oportunidades. No hay salida en la que no se cruce en nuestro camino un plástico, una caja, una bici, un charco, una piedra rara, etc.

Para poder afrontarlo sin prisas, es bueno organizar nuestras salidas de forma que no tengamos que estar obligados a llegar a una hora en concreto. Que si tenemos que perder media hora, la podamos perder. De esa manera, podremos sacar provecho de estas situaciones.

En vez de verlas como peligros a sortear, podemos aprovecharlas como oportunidades de entrenamiento. Nuestra actitud cambiará, y nos enfrentaremos a la situación con más calma y seguridad. Yo, personalmente, pienso:

“Bien, aquí tenemos el entrenamiento del día. Se para el tiempo. Aquí nos quedamos hasta que toque la caja, el día entero si hace falta”.

Hay una enorme diferencia entre estar sentado encima de un caballo que lo único que quiere es salir corriendo, o estar sentado encima de uno que quiere acercase al peligro, pero le cuesta. En el primer caso, tú mismo te pones tenso, pues sientes peligrar tu integridad física. En el segundo, estás más relajado, pues ves que lo intenta y que tú no peligras, y de esa forma ayudas al caballo con tu calma y tus palabras suaves de ánimo. Esa es la gran ventaja de entrenar los miedos con el clicker, que conseguimos esta actitud en el caballo.

Si lo has entrenado en casa, el caballo ya conocerá la palabra “toca” o “pisa”, y sabrá lo que esperas de él. Resultará más fácil, puesto que ya habrá tocado o pisado en casa otras cosas que le asustan. Pero, ¿hay que salir con un clicker al campo? No es necesario. Yo no lo hago, pero sí utilizo el refuerzo positivo, que es lo mismo. Y eso lo puede utilizar cualquiera.

 

Los problemas se encaran, no se huye de ellos.

Es la frase que le suelo decir a mi caballo Marengo, cuando nos enfrentamos a un objeto peligroso. Paramos, lo encaramos, dejo las riendas largas (todo lo largas que permita la seguridad), y respiro. Le dejo todo el tiempo que necesite. Todo. Lo único que no está permitido es salir corriendo. Si se da la vuelta, lo giro con una rienda (importante estar relajado pero atento, para girarlo antes de que empiece a galopar) y vuelvo a encararlo al peligro. Vuelvo a largar riendas y a respirar. No le fuerzo, no le doy con la fusta para que pase, no empujo hacia delante. Le dejo avanzar y retroceder a su ritmo, hacia el objeto, hasta que lo toque.

Mi caballo y yo tenemos un pacto desde hace años: él toca y yo le dejo comer hierba alrededor del objeto.

El comer hierba le ayuda a calmarse, a acostumbrase al objeto, y le motiva para la próxima vez. El resultado es que cuando ve algo que le asusta, se va directo, lo toca y come hierba.

 

Por mucho que hayas entrenado, siempre hay un peligro nuevo insospechado.

Por mucho que hayas entrenado, siempre hay un peligro nuevo insospechado.

¿Cómo tocó antes de tener ese “pacto no escrito”? No le pedí que tocara, sino que se acercara lo más posible, hasta donde llegase, y ahí le permitía comer hierba. De esa forma, en poco tiempo, pude pedirle que llegara hasta el objeto en cuestión.

¿Se pierde tiempo de esta manera? Al principio, puede ser. Pero te lo ahorras el resto de tu vida. Cada vez que pasas por una situación peligrosa (y eso es a diario cuando sales), el caballo mejora. Y, lo que es mejor, en vez de recordar el problema con tensión y dolor, lo recuerda positivamente, lo que hace que se enfrente a ellos con una predisposición mucho mejor.

¿Y si no quiero que mi caballo coma hierba cuando salgo? No pasa nada. Lógicamente es más difícil pedirle que lo toque, estará menos motivado, pero de todas formas sí es bueno dejarle que baje la cabeza para investigarlo. Por respeto. Un caballo no huye por tontería, se aleja de todo lo sospechoso porque desconfía, y hace bien (es un animal de presa). A esto se le añade que a corta distancia no ve bien, no enfoca bien, lo que hace que no perciba bien el detalle como lo vemos nosotros (probablemente ve una forma borrosa sospechosa). Su forma de asegurarse de que no es peligroso es alargando y bajando su cabeza, girándola a un lado u otro (para verlo bien con uno de los ojos), olerlo y tocarlo con el morro. Si no le permites alargar la cabeza, no puede hacer nada de esto, no puede asegurarse de que no hay peligro. Una vez que lo ha investigado y respira un poco más tranquilo, le puedes pedir que pase a distancia y seguir el paseo.

Mientras el caballo hace su trabajo, haz tú el tuyo: respira

Es muy importante nuestra respiración, para relajar los músculos. Nuestros músculos tensos indican al caballo que hay peligro y, al contrario, si los relajamos, le estamos ayudando a tomar la decisión de que no lo hay. Se trata de respirar con un ritmo tranquilo, manteniendo la parte superior de nuestro cuerpo erguida y relajando la inferior (de cintura para abajo). Sentir  interiormente cómo nuestros músculos se destensan, a la vez que nos vamos “pegando” cada vez más al caballo (nuestras caderas se expanden y esto encaja nuestro cuerpo en el suyo). Habremos conseguido estar mucho más equilibrados por si el caballo hace algún movimiento brusco, a la vez que relajados para calmarle a él.

 

 

 

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