La importancia de llamarse Romerito

El nombre que le pongamos a un caballo, va a definir la actitud con la que nos dirijamos a él. Y no sólo nosotros, sino el resto de las personas que interaccionen con él. Por eso es importante ser conscientes de esto y elegir bien.

A pesar de que como individuo, cada caballo tiene su carácter, fundamentalmente será un animal tranquilo y equilibrado, salvo que las condiciones en las que viva y las experiencias con humanos que tenga, provoquen lo contrario.

Bode

Ahora bien, si a un caballo le llamamos “Diablo“, “Invasor” o “Zar” (por poner un ejemplo), ¿le trataremos igual que si se llamara “Romerito“? O “Platero“, o “Max“, o “Cariñoso“…

No. El nombre nos impresiona, y hará que sintamos hacia él los atributos que evoca.

A un caballo llamado “Fuego” le trataremos más con respeto que con dulzura. No veremos el chico cariñoso y bromista que hay dentro de él, sino el caballo poderoso y enérgico que su nombre evoca. Incluso aunque lo conozcamos bien y le tengamos aprecio, su nombre siempre influirá en cómo lo vemos.

Su físico hará lo mismo. Frente a un caballo grande y nervioso sentiremos respeto y cierto temor. A un caballo pequeño o a un pony, le trataremos de una forma más desenfadada y, quizás incluso, con cierta falta de respeto. No nos lo tomaremos “tan en serio”. Pero por dentro, ambos son iguales.

Si unimos los sentimientos que un físico poderoso provoca en nosotros hacia el caballo, con un nombre igual de “poderoso”, (algo que ocurre frecuentemente con los caballos de “buena raza”), tenemos a un pobre animal al que tratamos como si fuera a aniquilarnos de un momento a otro. Y olvidamos que le gusta que le rasquen detrás de la oreja, que tiene cosquillas en la pata izquierda, que prefiere las manzanas a las zanahorias, que es un tanto cotilla o que su color favorito es el azul.

Con “Romerito” esto no nos pasaría…

¿Qué hacer si ya tiene un nombre así? Siempre se puede ponerle un apodo. Un caballo puede tener un nombre oficial en los papeles, pero siempre te puedes dirigir a él de otra forma (al fin y al cabo, a él le da igual, no suelen asociar su nombre a si mismos). A un “Diablo” le puedes llamar “Diablillo”, a un “Zar”, “Peque”, “Guasón” o lo que te de la gana. Cualquier cosa que tenga connotaciones positivas sirve (y no hace falta que nadie te oiga…).

 

 

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